Pamplona
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Retratos capitales

Amanece, el edificio Metrópolis conserva todavía su iluminación nocturna –potentes reflectores en los balcones, que apuntan hacia arriba, dándole el aspecto de una monstruosa calavera de muchos ojos– y los desfiladeros de calles y avenidas están todavía en sombra, salvo algunos retazos de luz que se cuela entre medianeras, mientras al fondo el edificio amarillo de Telefónica, con aspecto de torta de pisos, pero cuadrada, recibe todo el sol y se impone sobre el paisaje urbano.

A mediodía el cielo bajo y plomizo se refleja como una lámina de plata sobre la faz del Sena, cruzado por la larga fila de luces que parecen ventanillas de tren, sobre los arcos del Puente Neuf por debajo del cual asoma el extremo de la Îsle de Saint Louis, con su morro de pinos sombríos, y una barcaza chata y ancha ha amarrado en una de las márgenes.

Un tranvía articulado color tomate avanza siguiendo las curvas paralelas de las vías que trazan un amplio semicírculo gris en la curva calle vacía de peatones, vigilados por un edificio de ladrillo en forma de proa roma, mientras la humedad de la atmósfera matinal delata que muy cerca serpentea la Ría de Bilbao y los predios vacíos de los antiguos astilleros se convierten en los lomos  peces de acero plateado del Guggenheim.

Calles y avenidas sólo transitadas por autos, tranvías, autobuses. Edificios con las ventanas oscuras o encendidas a giorno pero desprovistas de habitantes. Cielos grises o surcados por nubes bajas que sólo en el fondo de la imagen, donde desembocan las avenidas se iluminan con un pequeño rectángulo de luz, que a menudo deja ver una cúpula de iglesia o un campanario.

Los escasos autos que circulan, distantes y muchos con los faros encendidos, llevan vidrios polarizados que impiden ver el interior y parecen robots de cuatro ruedas sin pasajeros. Hasta las motos –que no las hay aún en los cuadros de Terán, pero pronto las habrá– son conducidas por individuos vestidos desde el cuello hasta los tobillos y los puños en monos de corte aeronáutico, y tocados con grandes cascos esféricos con viseras de cristal verde antirreflectante que impiden saber quién está adentro.

En los edificios, sea porque miedo, comodidad o inexistencia de sus habitantes muestran ventanas cerradas, oscuras o vacías aún con luz. La vida, si la hay, trascurre en el interior, lejos de la contaminación atmosférica, los cambios bruscos de temperatura o el ciclo de las estaciones. Los televisores han remplazado en ellos a las ventanas en su función de conectar a los seres vivos con el mundo exterior.

Los automóviles, que duermen en el mismo domicilio de sus dueños, pueden entrar también en casi todos los edificios importantes o simplemente necesarios, como supermercados, grandes tiendas, hospitales, oficinas públicas. Y los ordenadores, por otra parte, hacen cada vez menos necesario salir a la calle para realizar trámites administrativos o bancarios, sin contar con la compra del día.

La belleza de grandes monumentos arquitectónicos, desde el histórico edificio Metrópolis, en Madrid hasta el futurista Arco de la Defensa, en Paris, pasando por el dinosaurio de titanio del Guggenheim, en Bilbao, soberbiamente iluminados de noche y en los días de fiesta para ostentar su diversa belleza, permanecen largas horas y hasta días sin recibir la caricia invisible de un par de admirados ojos humanos.

Las elocuentes estatuas neoclásicas que los coronan, de Mercurio Volante, a la cuádriga de Helios, pasando por los hieráticos caudillos visigodos del Palacio de Oriente, imperan desde lo alto sobre un mundo vacío de admiradores o súbditos. El hombre ha creado ciudades-monumento, para luego abandonarlas en busca de otros paisajes, o refugiarse en móviles cápsulas herméticas y vastas cámaras a cada vez más altura, blindadas al exterior, a espaldas de este.

El mobiliario urbano, desde los múltiples y diversos artefactos de iluminación vial y los semáforos con su ballet silencioso, hasta las intrincadas y a veces bellamente geométricas guías de tránsito trazadas por el pavimento, está allí como testigos resignados del eclipse humano, que se observa en su ausencia.

Todo esto narran los retratos capitales de Manuel Terán, en los que detrás de la imagen detenida en el tiempo hay un argumento subyacente que sin embargo se deja ver a quien examine esos paisajes urbanos tan enigmáticos como sugerentes. 

Martín F. Yriart